| Que más quisiera yo escribir de cualquier cosa peregrina. No puedo porque una banda de desalmados nos robó la tranquilidad
a todos y de nuevo vivimos días de miedo, de sobresaltos, de noches a medio dormir, de pesadillas, de temores que nos asaltan y nos impiden disfrutar del frescor del nublado, del milagro de la lluvia y de la sonrisa de los nuestros. ¿Con qué derecho estos pelafustantes degenerados vinieron a llevarse
nuestra tranquilidad? Es cierto que muchas personas aquí lo permitieron. Los bandoleros no
llegaron ayer y, lamentablemente, no se irán mañana. Mucha frivolidad y muchas omisiones permitieron, en un proceso de años, que perdiéramos esa tranquilidad que gozamos hasta no hace mucho. Muchos sólo vieron por sus intereses, muchos otros se corrompieron, algunos fueron víctimas de la ceguera y la sordera evangélicas: no quisieron ver y no quisireon oir. Otros actuaron o dejaron de hacerlo por cobardía. En ese campo fértil que sembraron los corrompidos, los pusilánimes,
los cobardes, los desinteresados, germinaron las condiciones para que los maldecidos, los asesinos, llegaran a robarse nuestro tesoro. Escucha uno los relatos aterradores de las víctimas de los secuestros,
de sus familias, de sus amigos. Un mal día y una mala hora los malvados llegaron a robarles la libertad, la sonrisa, las noches del pacífico sueño, las esperanzas, sus dineros. ¿Con qué derecho? Esa es la pregunta que me hago. ¿Con qué derecho un sujeto torvo, una banda de bárbaros, se atreve a arrebatarle la vida a cualquiera? ¿Con qué derecho un enano moral y sus compinches deciden robarse por medio de una violencia atroz el fruto del trabajo honrado de las personas de bien? ¿Con que derecho arrebatan a los hijos a sus padres? ¿A sus hermanos? ¿A sus pequeños? ¿Que derecho es el que permite que un maleante imponga su ley,
que es la del fuego y la del brillo maléfico de las armas, sobre la vida, las posesiones y la tranquilidad de las familias? Deberíamos ponernos a pensar en una cuestión de fondo. Los hechos
me hacen dudar de que esos sujetos siniestros sean iguales a nosotros. Es evidente que no son como mis amigos, ni como esa señora que va a trabajar, ni como esos obreros que de madrugada esperan en las esquinas el transporte que los lleve al trabajo. Aquí tengo que contar una vieja costumbre. Cada vez que en Francia
o en España atrapan a un miembro de la banda asesina ETA, esa que ha sembrado la muerte en nombre de una patria vasca, yo me entretengo al ver sus fotografías. Tienen ojos y gestos humanos. Se conducen como personas: andan en dos pies, se visten con la ropa que nos vestimos todos los demás, comen con cuchara y tenedor. Sus miradas no difieren en nada a las de la gente que me encuentro en la calle. Cuando expresan en su rudimentario lenguaje que mataron en defensa
de no sé qué sandeces, entiendo que en el fondo son seres dominados por pensamientos reptílicos y primitivos. Delirando con sueños antiguos y desconociendo las ideas de la bondad, la solidaridad, el respeto al semejante y la clemencia, a mí se me figura que son antropoides cuyo desarrollo mental los deja en un estado prehumano. Los asesinos, los que matan por ideales obtusos o por dinero, los que
sienten que una pistola les confiere derechos sobre la vida y la hacienda de los demás, justo comienzan su proceso de deshumanización -suponiendo que nacieron humanos- cuando desechan la idea del semejante. Para ellos el otro es el invasor, el enemigo, el miembro de una banda rival, el otro. Y ese otro acaba siendo un objeto desechable. Y ese objeto desechable tiene esperanzas, familias, ilusiones, hijos y padres, amigos, que terminan siendo en este proceso pervertidor hojas de papel que se tiran a cualquier basurero. Está de más pensar si estos malvados, si los traficantes, los sicarios de
la muerte, los asesinos, tienen remordimientos. La gente normal sufriría horrores al ser visitado en sueños por el rostro desfigurado de las víctimas. Sosteniendo que todos los humanos tienen derechos inalienables por
el sólo hecho de tener esa condición, habría que precisar si hay humanidad entre aquellos que sólo entienden el derecho de la ráfaga. No tengo la respuesta, claro está. Hasta donde se ningún rayo celestial
me ha tocado para revelarme la verdad. Yo sólo tengo una pregunta: ¿Con qué derecho? |